Un trapo por titulación

Llevo toda la semana bajando muy temprano a la calle con las perras. Normalmente, cuando lo hago más tarde, ya están limpiando las escaleras. Madrugar más me permite ver llegar a las mujeres en su coche, aparcar, dirigirse al portar, buscar la llave de entre un gran manojo, abrir y pasar. 

En la rutina hay algo que me ha chocado: al acceder, una de ellas saca del bolsillo de la bata un trapo con el que, de paso, limpia el cristal de la puerta. Es un ejemplo perfecto de optimización del trabajo. 

Hace muchos años, un jefe demasiado joven, recién salido de la universidad y prepotente, nos decía: “Vamos a trabajar como leones y luego pensamos cómo lo hacemos“. La frase es verídica, lo pueden corroborar algunos lectores del blog. Con todos sus estudios, demostró a diario una ignorancia supina en cuanto a organización y dirección de equipos. 

El sentido común no lo da una corbata. Un simple trapo puede procurar más brillo que la titulación mal aprendida.


Carcajada de machismo

Los tres nos miramos en silencio. Un olor nauseabundo inundó la sala mientras yo subía la barra en el banco inclinado. A la derecha, un hombre parecido al sargento Highway se incorporó apresuradamente de la colchoneta; a la izquierda, el habitual desconocido con bigote de superintendente de la T.I.A. luchaba contra el peso de dos mancuernas. El hedor no cesó. Puse pies en polvorosa seguido del individuo con pelo cortado a cepillo. 

Ahí se quedó “El Super“, inhalando el que parecía un gas venenoso ideado por el profesor Bacterio. Era impresionante, atómico, químicamente perfecto; parecía haber sido tirado por una mujer. No es machismo, está comprobado científicamente que tienen más sulfuro de hidrógeno que el de los hombres.

Dicen que el dueño del pedo suele quedarse disfrutando del aroma. Resistí lo que pude sabedor de lo beneficioso que es fumigarse internamente para prevenir la demencia, el cáncer o un ataque al corazón. 

¿Quién de los tres fue el culpable? Nunca lo sabremos. Para tres caballeros, hubiera sido perfecto limpiar conciencias con una mujer cerca. 

1951

He estado viendo a mi madre. En el momento del entierro me quedé en el tanatorio, alejado del cortejo, paseando por el césped. Aquel día, desde la lejanía,  divisé a algunos de los asistentes que acompañaron el féretro; vagamente, hoy, intuía la zona.  Aún así, he pasado a preguntar por información. Me han dado la ubicación exacta, unas coordenadas de reencuentro. 

Allí estaba, en la fila de nichos más alta; cumpliendo su voluntad, alejada de la tierra. Observaba el fino grosor del tabique que nos separaba, tan frágil y poderoso a la vez; seda impenetrable con hebras de tiempo tejidas con un tic tac audible a un solo lado.

Está rodeada de nacidos en los años veinte del siglo pasado, el más joven parido en el 37. Su 1951 desentona sin desentonar por el hálito que lleva las almas a la igualdad de condiciones. 

La imagino diciendo: “Joder, me habéis rodeado de vejestorios”.

De palmero a palmero

Cuando era adolescente, durante años dependí en exceso de los amigos. Fueron una parte importante del desarrollo de mi personalidad, no lo niego. Siempre había uno, el maduro, que influenciaba al resto. La perspectiva de los años me llevó a la conclusión de que fui un palmero, o lo que es lo mismo, el adulador inconsciente y vehemente que defiende o sigue al lider sin reflexionar. En mi defensa diré que contaba con trece o catorce primaveras.

Hace unos días, un amigo publicó libremente una reflexión en la que llamaba gentuza a Cassandra y, lo más grave, a los dibujantes de Charley Hebdo asesinados en París por terroristas fanáticos. No tardaron en llegar las primeras reacciones. Obviando el momento histórico y las circunstancias (fundamentales desde mi punto de vista) basó su defensa en tweets inmaduros y portadas de la década de los ochenta satirizando (como lo hace El Jueves con mil temas) las bombas que ETA ponía en España. ¡Hasta entre las selecciones de fútbol de ambos países está superado el ridículo patriotismo!

Cientos de acólitos saltaron  impulsivamente al tablado confundiendo la libertad coartada con la crítica a la publicación. Unos se indignaron al ser tildados de ‘fachas’, mientras proclamaban pleitesía al soberano friki. Aunque les duela, no son fachas por fascistas aunque sí por reaccionarios oponentes a la innovación de razonar.

No todos los vítores fueron espontáneos. Para mi satisfacción, hubo muchos meditados, documentados y fundamentados; no me pasó inadvertida la caballerosidad de un destacado miembro del programa que, por ideología, fue blanco de las críticas hasta que se supo el autor. Cabe también mención la sufrida actitud del primigenio comentarista indignado, encajando los insultos en su muro de Facebook.

He tenido la oportunidad de hablar brevemente cara a cara con el autor. Deduzco que la situación le hace gracia. No aporta ningún dato y disfruta, privilegiado, de la reacción incuestionable (aplausos). Por supuesto, sin compartirla, acepto el derecho que tiene a manifestarse como, donde y cuando quiera. Mientras tanto, los periódicos siguen titulando mensajes provocadores de la joven bocazas para puntualizar en el cuerpo de la noticia que en ese momento era menor de edad; lo más grave, palmeros jalean, animan el sarao sobre trece cadáveres, incluido el de un reconocido afecto al régimen franquista.

Desde que tomé conciencia de la inmadura gratitud me cuesta arrancar en aplausos.

Vestidos de gala

Iba a contar detalladamente que el viernes me puse los calzoncillos del revés, las costuras vistas. Reparé en el error ya calzado, mientras me abrochaba los vaqueros remetida la camiseta. Creo que nunca me había pasado. Me fui a la calle así, desafiando la improbable y sonrojante situación de tener que enseñarlos. Desde el día siguiente arrastró un resfriado. Lo atribuyo a mi pereza, gónadas a la intemperie del azar.

Más gratificante es hablar de los regalos que he recibido en el día del padre. Están hechos con esmero y amor; lo más importante, vienen cargados de historia. Hace muchos años tenía un pantalón y una camisa por los que sentía debilidad. Formaban parte de la ropa cómoda que sólo el paso del tiempo obliga a desechar. El primero lo rajé con una matrícula levantada, la segunda, como el amor, se rompió de tanto usarla. 

Mi mujer guardó ambas prendas. Hoy han recuperado su esplendor y utilidad. Mis libros y pinceles se visten de gala para la ocasión.

Sucedió en el coche

Mi amiga Lucía me ha telefoneado para preguntar cómo estaba. Me ha pillado pagando en el supermercado. Devuelta la llamada desde el coche, hemos hablado de dos libros que tienen mucho que ver con la situación por la que he pasado esta semana. 

Me ha contado el caso de un viejecito que falleció dejando solo a su hermano, también mayor. La que fue su cuidadora se preguntaba una y otra vez si debía o no hacerse cargo del familiar, incluso acogiéndole en su propia casa. Pidió ayuda a Pepe. De entre las nubes apareció un claro por el que se coló un rayo de sol. Lo interpretó como la respuesta del más allá. Casualidad o no la escena me parece hermosa.

Al colgar pensé lo estupendo que sería que mi madre me enviara una señal de que está bien. Imaginé encerder la radio y que sonara mi canción preferida.

Puse los limpias en marcha a pesar de no llover. Valerie respondió.