El garbanzo negro

Comentaba alguien en un debate a cuatro que nos había salido un garbanzo negro en el cocido. Es irrelevante concretar el marco de la conversación, menos tratándose de política, porque la sentencia vale para cualquier ámbito. 

Les he hablado del garbanzo negro por el que se peleaban mi padre y mi tío cuando eran pequeños. Siempre que salía, empezaba la lucha por comérselo. Salvando el color, no tenía nada de particular: mismo sabor, mismo tamaño y misma forma. El final era común: ser digerido, procesado y eliminado. Su único honor ser conquistado, degustado en solitario y celebrado.

No hay que dar mayor importancia a un garbanzo negro. Si sale alguno, se come y punto. 

Amor de repostería 

Si fuera repostero, la tarta perfecta tendría de base bizcocho empapado en licor. Estaría rellena de mermeladas de fresa, platano, arándanos, albaricoque, naranja y piña. La recubriría con una primera capa de chocolate, envuelta toda ella con merengue. En los adornos no faltarían Lacasitos, gominolas, nubes, azúcar glass y almendras garrapiñadas. El colofón, piruleras pinchadas a modo de guindas. En la variedad residiría mi éxito: contendría algo que gustase a cada goloso, obviando lo empalagosa que resultaría.

Me ha faltado decir al principio … si fuera repostero y poliamoroso. Anoche escuché a varios jóvenes adeptos a la nueva forma de relacionarse. El poliamor consiste en buscar, simultáneamente,  en muchas personas el ideario de pareja. Si el confidente soñado no me satisface en la cama, busco quien me folle salvajemente; si ninguno de los anteriores tiene dinero, aspiro a un tercero que financie los caprichos. El cuarto sería el romántico, el quinto progenitor de mi hijo y el sexto el aventurero. Lo asombroso es que no se ocultan nada, todos (ingredientes) saben que forman parte del mismo postre (tarta). 

¡El séptimo, por pelotas, tendría que ser el bicarbonato!

Excesiva consideración 

Hay un hombre en la entrada de Mercadona que siempre está pidiendo limosna. Lleva allí muchos años. En cualquier estación, soportando sol o lluvia, espera a que se ponga el semáforo en rojo para pasear de arriba a abajo acercando la mano a las ventanillas. Me es difícil concretar su edad; la piel curtida por la climatología, el pelo canoso descuidado, gafas ‘retro’ por necesidad y un atuendo prestado juegan al despiste. Hoy llevaba puesto un jersey azul de cuello alto con la palabra AMBULANCIA en la espalda.

Le he encontrado desmejorado. Estaba apoyado en la verja, la cojera característica, sin duda agravada, le impedía deambular como siempre. Levantaba el brazo en la distancia, desde la cintura a la cabeza, siguiendo el orden de los coches que esperábamos en fila la luz verde. Casi siempre le doy la moneda del carro, esta mañana la llevaba preparada. No lo he hecho al parecerme descortés un paseo hasta mí. El hambre no se sacia con remilgos. Deseé que el semáforo obligase a detenerme a su altura. 

La próxima vez le daré la moneda correspondiente más la de mi excesiva consideración. 

Mi primer trabajo

Mi primer trabajo fue como vendedor en una Feria del libro. Estaba situada frente a la estatua de Cervantes, bajo su atenta mirada. Recuerdo mucho frío, castañas asadas llegadas por el aire. La gente era numerosa, se arremolinaba frente a las letras demandando títulos; yo, inculto de juventud, le preguntaba al librero. Él era una enciclopedia humana, conocía todas las obras y autores. 

Hoy he paseado por la plaza, están montadas las casetas de libros. Tristemente, son escasas. Muchos ayudantes no superan los veinte años, trabajan quince horas por un mísero sueldo. La experiencia es la recompensa, aún no saben; esnifan tinta venenosa, renglones negros sobre espejos en los que se reflejarán dentro de décadas cuando, como yo, revivan su comienzo como lectores. 

Falla cierre año Cervantino

Nada es lo que parece

Un compañero de trabajo me contó antes de las vacaciones el problema que tiene en casa: su hijo de siete años suspende, no se relaciona con nadie en clase y está muy triste. El padre me transmitió preocupación. Es muy cierta la afectación a todos los niveles que acarrea cualquier motivo perturbador de la felicidad y tranquilidad de los hijos. 

Me interesé por el caso. Un nuevo dato se añadió al ya conocido: el vecino había visto a unos niños pegándole en el barrio. Deduje un caso claro de acoso escolar. Sugerí ponerse en contacto inmediatamente con el servicio de orientación pedagógica del centro.

El tercer día me enteré de que fue la directora quien citó a los padres. ¡Estupendo, se habían adelantado! ¡El sistema funcionaba! Hablando con él, intuí que ya conocía el requerimiento antes de la información del vecino. Me estaba contando una historia desvirtuada.

De buenas a primeras habló de ir a comprar durante la Semana Santa con sus hijos, dejándoles elegir lo que desearan. No quiero omitir nada, a modo de excusa (es lo que me pareció) refirió que su “hija pequeña es más inteligente que el chaval porque aprende el árabe con facilidad y rapidez”. Mi percepción cambió radicalmente, empecé a pensar en malos tratos.

No sé en qué punto está el caso. Pregunté si sabía por qué le habia llamado el colegio: el niño dijo a la profesora que su padre le pegaba. 

Deseo que como sociedad tengamos medios para aclarar situaciones como ésta. Ojalá equivoquemos todos el veredicto.

El saludo

Contaba mi abuela Victoria que siendo una niña, mientras desfilaban los militares franquistas por las calles del pueblo, ella y sus amigas (alguna mayor) tuvieron una ocurrencia: al paso de la bandera de España, a modo de saludo fascista, alzaron la pierna en lugar de la mano. 

Imagino un gran momento; la respiración contenida, el corazón acelerado, la rebeldía pulsando las sienes.  El ‘agravio’ pudo costarles caro. Las autoridades se percataron. Mi bisabuelo era pescador y músico. Llevarse bien con la Guardia Civil evitó el castigo de mi abuela. Sus compañeras corrieron peor suerte. ¿El favor fue gratis? Supongo que no. 

Como era costumbre, las raparon el pelo, vistieron con sacos, dieron aceite de ricino y pasearon por las calles mientras se cagaban y vomitaban. Los afectos al régimen reirían y los apolíticos asistirían sin remedio. 

Como he dicho, la niña Victoria se libró. No llegué a saber si era republicana, monárquica o ‘de ninguno‘.  Lo adjetivaba de chiquillada, jamás la escuché arrepentirse del acto.

Andando hoy por Segovia (casualmente 14 de abril) me he topado con una placa conmemorativa a los represaliados republicanos. 

En su honor, en el de tantos, en el de mi abuela, he levantado la pierna.

Crónica de un partido

Es complicado que un hijo adolescente y su padre estén de acuerdo en algo. Por intrascendente que sea, llegada la ocasión, hay que presumir de ello. Anoche encontré con el mío un punto de encuentro: la pizza de queso es aburrida.

En el descanso del partido abordamos la cocina. Encontramos en el congelador una pizza con cuatro tipos de queso. Para hacerse una idea basta pensar en lo insulso de condimentar algo únicamente con pimiento amarillo, najerano, Lamuyo y Bishops; anchoa Ringen, Mordaz, Japonicus y Capensis. Hay diferencia entre cada tipo, no lo dudo, pero para degustar una cena de Champions League pega más una explosión de sabores. 

Ambos adornamos generosamente el aburrimiento con salchichón. Las cuatro variedades se convirtieron en dos sabores: Bayern y Real Madrid.

Nuestro equipo ganó 1-2. Durante la madrugada, a cada viaje que hacía al grifo, más me convencía del acierto.