Día 33: con cojones por la vida

Pinacoteca de Brera, Milano.

Estuve un buen rato frente a la escultura. Por detrás, oía risas de otros turistas al observar la pose. Mis ojos iban de la pétrea huevera a la cara, intentando desvelar el mensaje de tan cincelado personaje. No parecía tener un frío de cojones, no tenía los cojones encima de la mesa y no estaba tocándose los cojones; no tenía los cojones cuadrados, morados ni pelados. No mostraba actitud de acojonado o descojonado . Descarté también el enfado de ‘me tenéis hasta los cojones’.

La expresión relajada es más propia de la indiferencia, de un ‘me importa tres cojones’, o, ‘me vais a tocar los huevos’.
Diga lo que diga ahí está, perpetuo, por encima de todo y de todos, reposado, sin esconder nada, desafiante, ajeno a las risas que le resbalan por el mármol.


¡Interesante actitud!

Día 32: ¿cómo reconocer a un milanés?

Este señor no era milanés

Milano es una ciudad con personalidad, no he dudado ni un segundo en el calificativo. Capital europea de la moda, sus hombres y mujeres se encargan de demostrar elegancia y distinción. A ellos, a pesar del calor, les encanta ir con pantalones largos ceñidos, tobilleros, sin calcetines, zapatos de marca, camisas ajustadas con el cuello abierto, por dentro del pantalón, y chaqueta. Los más clásicos complementan con chaleco. Pelo corto o largo y suelto, les da igual. Sus colores preferidos son los marrones, crema y pardos.

Ellas visten en tonos alegres, con fulares y gafas de sol; prefieren la mochila o bolsa de mano que colgarse nada. Huyen de los vaqueros. Andan, desinteresadamente, hablando por teléfono y no suelen llevar tacones.

Los milaneses llaman la atención, confirman mi teoría de que hasta el más feo con elegancia, limpieza y buen gusto es irresistible.

Día 31: latidos

Columpio de Riaño.

Cada año que voy al reconocimiento médico de la empresa, hay una doctora canaria que me pregunta lo mismo al ver mi electro: “Ay, mi niño, qué pulsaciones más bajitas. ¿no tienes miedo de que se te pare el corazón?”

Charlaba el otro día con alguien sobre las cosas del querer. Fue una conversación interesante en la que seguí pensando horas después. Yo quiero a muchas personas, y muchas personas dicen que me quieren. Se quiere a una mascota, se quiere a un objeto, a un color, una comida, un deseo, e incluso un sueño.

Pensando en lo hablado, asumí la evidencia de que no todos los quereres son iguales, ni que todos queremos igual. Las demostraciones del querer son incontables, hasta por quienes no lo demuestran pero quieren. Derribando muros por un momento, creo que a todos nos gusta sentirnos queridos de alguna u otra forma.

La clave de cómo queremos cada uno está en el electro. Hay quienes quieren sin prejuicios ni control, a toda velocidad, reventando el pulsómetro; quienes lo hacen con arritmias a escondidas, en secreto o a hurtadillas. Hay quienes quieren infartados, dolorosamente, sin llegar a decirlo jamás. Hay quienes quieren sin corazón, podridos de interés.

Con mis escasas cincuenta y dos pulsaciones, yo quiero relajado, a ritmo constante, despacio pero convencido, meditando cada esfuerzo, sin fingir ni ocultarlo, queriendo sin querer y consciente de que el latido puede detenerse en cualquier instante.

Ay, … doctora, no tengo miedo a que se me pare. Es un buen corazón, siempre aguanta los envites ¡Es tan fácil querer a ciento ochenta latidos que a veces siento envidia!

Día 30:

Riaño

No sé en qué estaría pensando en este instante. Allá abajo, en el fondo del pantano, se ahogan mis recuerdos de un verano del ochenta y cuatro. Los habitantes de Riaño luchaban a pedrada limpia por mantener su pueblo a flote. Mis padres decidieron esa tarde acercarse a ver el lugar. Ella, con miedo a las alturas, le pedía que no acercara tanto el coche a la cuneta.

¿En qué estaría pensando sentado en el banco con las vistas más bonitas de León? Aunque dicen que es imposible dejar de hacerlo, puede que lo consiguiera en ese momento. Puede que dejara de procesar en mi cerebro decenas de impulsos a la vez, centrándome en uno solo.

Día 29: Oporto (final)

La mejor forma de conocer un lugar es perderse sin preocupación en sus calles, igual que hacerlo con una persona. Una primera cita, la típica conversación y sucesivos encuentros que culminan en algo irresistible perdiendo la razón y encontrándola en el otro. Esa es la esencia que hay que lograr en cualquier sitio tras las visitas típicas y guiadas. Hay que perderse y encontrarse en sus gentes, tradiciones e historia.

Oporto es una mujer de ojos azules que pasea por Rua Santa Catalina mirando escaparates. No compra, es austera. Llega a Fábrica da Nata y degusta un pastel en una de las mesas altas situadas frente a los baños. Mastica poco a poco, saboreando el instante. Un músico callejero, al que ha oído minutos antes, gasta gran parte de la recaudación en una copa de coñac. Puede que la tarde le haya ido bien, pero siente pena. Sabe que un capricho salva vidas antes de convertirse en arrepentimiento, pero siente pena mientras acaba su pastel.

En Placa Liberdade entra en el Imperial McDonald’s, el más bonito y lujoso del mundo. Mira las lámparas y recuerda las reuniones con su amado en el Imperial Café de los años treinta. Descansa en una de las sillas, atada a la acera, en Placa dos Aliados, justo enfrente del ayuntamiento. Las palomas se acercan a jugar con ella. Todas la conocen. Cansada, emprende el camino hacia el río Douro. Oporto se tinta de un atardecer ocre, no le queda mucho tiempo. Bajo el puente Don Luis I, se sumerge y desaparece, finalizando su eterno paseo.

Me enamoré de esa mujer, que es lo mismo que decir me enamoré de Oporto. Conocer un lugar es dejarse llevar, como hacerlo con una persona.

Día 28: Oporto II

Anduve treinta minutos hasta el hostel. Podía haber seguido en el metro, haciendo transbordo hasta Marqués, pero siendo el objetivo del viaje conocer la ciudad, lo hice en Trindade. Oporto, de primeras, no me gustó nada. Hay coches por todas partes, la gente habla alto, los camioneros fuman mientras conducen y, por encima de todo, los graznidos, gritos y chillidos de las gaviotas. Al ser tan protectoras y celosas de su territorio, lo defienden así, expresando ruidos y lamentos

Cuando viajo solo, prefiero alojarme en un hostel. Me pasa desde que hice El Camino De Santiago y me hospedaba en albergues. Conocí a mucha gente así y sigo conociendo ahora. El hostel está situado en la Rua da Alegría. Me llamó la atención el nombre de la calle. He buscado por curiosidad en el callejero de Madrid sí existe una calle similar y, perplejidad, está cerca de la parada de metro Oporto. ¡¡Disfruto con estas casualidades!!

Dormí en una habitación compartida de ocho personas. Éramos, a parte de mi, dos chilenas, un ecuatoriano, dos chavales a los que nunca entendí y un hombre, portugués, que tenía más registros de ronquidos que chillidos las gaviotas. El pobre ecuatoriano, durmiendo en la litera de arriba, agradeció los tapones para los oídos que le di la segunda noche.

Del hostel Alegría, guardaré buenos recuerdos; ese encanto que sólo las escaleras de madera crujiente confiere a un lugar.

Día 27: Oporto I

Río Duero.

Lo primero que sentí al llegar a Oporto fue ruido, mucho ruido, demasiado ruido provocado por coches, autobuses, motos y sirenas. He echado en falta zonas peatonales, por no hablar de todas las obras que se están acometiendo a lo largo y ancho de la ciudad. He de decir que dejé Madrid poco predispuesto al optimismo, disminuido por un despegue horrible lleno de altibajos y oídos taponados.

No es cómo empieza sino cómo acaba. Afortunadamente, todo cambió. Nada más aterrizar, me sorprendió que me regalaran un plano turístico de la ciudad. En otros viajes he tenido que pagarlo o buscar una oficina de información para conseguirlo gratis. El acceso del aeropuerto al metro es fácil y barato, bajar dos plantas en el ascensor y acceder a él. Aquí, me llevé la segunda sorpresa: un operario de Prosegur nos ayudaba a los turistas a sacar el billete e indicaba por dónde teníamos que acceder a las vías. ¡Toma ya! lisboetas, aprended de vuestros vecinos. Me han hablado de vuestra rivalidad y, en este momento, los locales ganaban por goleada.

Se redujo la ventaja a los pocos minutos. Oporto, en cuestión de abono con tarjeta, se parece a la España de los sesenta. Ya no hablo de los pequeños restaurantes, nooo; ni las modernas máquinas expendedoras de billetes tienen la posibilidad de pago electrónico.

Continuará…

Metro por superficie.

Día 26: Ghost

Praga

He estado viendo Ghost. La echan por televisión muchas veces, siempre me engancho cuando la encuentro. Hoy, por primera vez, he sentido verdadera lástima. Nunca me había parado a pensar lo doloroso que es querer y no poder demostrarlo, que nadie pueda verte ni tocarte porque eres un fantasma.

De pequeño, todas las películas de este género que se hacían, mostraban al espíritu como un ‘lo que fuese’ con suerte: podía colarse en todos los sitios sin pagar, ver a las chicas desnudas sin que se dieran cuenta y acojonar al enemigo moviendo objetos sin explicación alguna. Era tentador convertirse en uno de ellos. Ahora lo percibo de manera diferente, como algo atormentado, solitario, olvidado, ocultado o apartado.

Pobre Patrick Swayze, ya es jodido lidiar con los fantasmas propios, como para que encima termines siendo uno de ellos para otro. A un lado La Luz, al otro un ser querido. Difícil elección llegado el momento.

Día 25: optimista por naturaleza

Nunca me habían dicho que tengo la voz impostada. Los años narrando capítulos de la Historia delante del micro, han dejado un poso en mi forma de hablar. No es ni bueno ni malo, un toque personal con el que hago épica la situación más cotidiana y absurda.

Los dos días de grabación en el estudio han sido increíbles para mí, y un ejercicio de paciencia infinita de técnicos, compañeros y productores. ¡Yo y mi manía de terminar el punto y final arriba, en vez de sentenciar el párrafo abajo!

No era consciente de la crispante entonación hasta que lo hice ante actores. Me corrigieron nada más empezar el primer ensayo.

Los puntos abajo -recalcaban – Aprovecha la pausa para leer y entonar el siguiente párrafo.

Lo intentaba una y otra vez, hasta que terminaba apareciendo mi optimismo vocal. El consejo de marcar el guión con flechas hacia abajo en cada punto, acompañado de una leve inclinación de cabeza al llegar, funcionó. La historia que hemos grabado, escrita y dirigida por Darío Márquez, es muy triste. No había párrafos alegres, el tono melancólico era necesario. Aprendí mucho.

En cierto modo, me pasa lo mismo en mi día a día. Prolongo el final, sosteniendo el optimismo más allá de lo que exige el guión de los acontecimientos. Temo poder incomodar a quienes me rodean con un exceso de ilusión incontrolado. Cuando me ‘sobreilusiono’, pongo flechas hacia abajo en mi vida, inclino ligeramente la cabeza y leo el siguiente capítulo con optimismo controlado. La técnica dura poco, creo en la posibilidad de que las flechas giren hacia arriba en un guión más optimista y se me olvida lo aprendido.

No puedo evitarlo…

Día 24: prohibido jugar

Mi amigo es venezolano. Llegó a España hace cuatro años, buscando una estabilidad inexistente en su país. Lo hizo acompañado de su esposa. Hace unos meses, ella se fue a Miami para visitar a sus padres. No volvió, pidió el divorcio y sigue en los Estados Unidos. Cuando se marchó, Rubén acababa de traer aquí a su madre, tinerfeña, viuda y residente en Venezuela desde siempre.

Mi amigo tiene que dejar el trabajo, su proyecto de vida, la casa alquilada y vender lo poco que ha logrado conseguir porque, con su sueldo, no puede seguir viviendo aquí. Me comenta lo ilusionada que estaba su mamá habiendo regresado a España después de toda una vida. Mi amigo lleva meses resistiendo lo que puede, sufragando gastos con el dinero ahorrado, buscando una solución que retrasara lo inevitable: irse a Estados Unidos, llevándose a su madre, en busca de otro comienzo. Ella, con el aplomo y determinación propias de una madre hacia su hijo, le ha dicho que irá donde tenga que ir mientras sea a su lado y le vea feliz.

Nadie debería poder jugar con la vida de otro.

P.D.: Y yo el primero.