Nada es lo que parece

Un compañero de trabajo me contó antes de las vacaciones el problema que tiene en casa: su hijo de siete años suspende, no se relaciona con nadie en clase y está muy triste. El padre me transmitió preocupación. Es muy cierta la afectación a todos los niveles que acarrea cualquier motivo perturbador de la felicidad y tranquilidad de los hijos. 

Me interesé por el caso. Un nuevo dato se añadió al ya conocido: el vecino había visto a unos niños pegándole en el barrio. Deduje un caso claro de acoso escolar. Sugerí ponerse en contacto inmediatamente con el servicio de orientación pedagógica del centro.

El tercer día me enteré de que fue la directora quien citó a los padres. ¡Estupendo, se habían adelantado! ¡El sistema funcionaba! Hablando con él, intuí que ya conocía el requerimiento antes de la información del vecino. Me estaba contando una historia desvirtuada.

De buenas a primeras habló de ir a comprar durante la Semana Santa con sus hijos, dejándoles elegir lo que desearan. No quiero omitir nada, a modo de excusa (es lo que me pareció) refirió que su “hija pequeña es más inteligente que el chaval porque aprende el árabe con facilidad y rapidez”. Mi percepción cambió radicalmente, empecé a pensar en malos tratos.

No sé en qué punto está el caso. Pregunté si sabía por qué le habia llamado el colegio: el niño dijo a la profesora que su padre le pegaba. 

Deseo que como sociedad tengamos medios para aclarar situaciones como ésta. Ojalá equivoquemos todos el veredicto.

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