El saludo

Contaba mi abuela Victoria que siendo una niña, mientras desfilaban los militares franquistas por las calles del pueblo, ella y sus amigas (alguna mayor) tuvieron una ocurrencia: al paso de la bandera de España, a modo de saludo fascista, alzaron la pierna en lugar de la mano. 

Imagino un gran momento; la respiración contenida, el corazón acelerado, la rebeldía pulsando las sienes.  El ‘agravio’ pudo costarles caro. Las autoridades se percataron. Mi bisabuelo era pescador y músico. Llevarse bien con la Guardia Civil evitó el castigo de mi abuela. Sus compañeras corrieron peor suerte. ¿El favor fue gratis? Supongo que no. 

Como era costumbre, las raparon el pelo, vistieron con sacos, dieron aceite de ricino y pasearon por las calles mientras se cagaban y vomitaban. Los afectos al régimen reirían y los apolíticos asistirían sin remedio. 

Como he dicho, la niña Victoria se libró. No llegué a saber si era republicana, monárquica o ‘de ninguno‘.  Lo adjetivaba de chiquillada, jamás la escuché arrepentirse del acto.

Andando hoy por Segovia (casualmente 14 de abril) me he topado con una placa conmemorativa a los represaliados republicanos. 

En su honor, en el de tantos, en el de mi abuela, he levantado la pierna.

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