1951

He estado viendo a mi madre. En el momento del entierro me quedé en el tanatorio, alejado del cortejo, paseando por el césped. Aquel día, desde la lejanía,  divisé a algunos de los asistentes que acompañaron el féretro; vagamente, hoy, intuía la zona.  Aún así, he pasado a preguntar por información. Me han dado la ubicación exacta, unas coordenadas de reencuentro. 

Allí estaba, en la fila de nichos más alta; cumpliendo su voluntad, alejada de la tierra. Observaba el fino grosor del tabique que nos separaba, tan frágil y poderoso a la vez; seda impenetrable con hebras de tiempo tejidas con un tic tac audible a un solo lado.

Está rodeada de nacidos en los años veinte del siglo pasado, el más joven parido en el 37. Su 1951 desentona sin desentonar por el hálito que lleva las almas a la igualdad de condiciones. 

La imagino diciendo: “Joder, me habéis rodeado de vejestorios”.

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