Vestidos de gala

Iba a contar detalladamente que el viernes me puse los calzoncillos del revés, las costuras vistas. Reparé en el error ya calzado, mientras me abrochaba los vaqueros remetida la camiseta. Creo que nunca me había pasado. Me fui a la calle así, desafiando la improbable y sonrojante situación de tener que enseñarlos. Desde el día siguiente arrastró un resfriado. Lo atribuyo a mi pereza, gónadas a la intemperie del azar.

Más gratificante es hablar de los regalos que he recibido en el día del padre. Están hechos con esmero y amor; lo más importante, vienen cargados de historia. Hace muchos años tenía un pantalón y una camisa por los que sentía debilidad. Formaban parte de la ropa cómoda que sólo el paso del tiempo obliga a desechar. El primero lo rajé con una matrícula levantada, la segunda, como el amor, se rompió de tanto usarla. 

Mi mujer guardó ambas prendas. Hoy han recuperado su esplendor y utilidad. Mis libros y pinceles se visten de gala para la ocasión.

Sucedió en el coche

Mi amiga Lucía me ha telefoneado para preguntar cómo estaba. Me ha pillado pagando en el supermercado. Devuelta la llamada desde el coche, hemos hablado de dos libros que tienen mucho que ver con la situación por la que he pasado esta semana. 

Me ha contado el caso de un viejecito que falleció dejando solo a su hermano, también mayor. La que fue su cuidadora se preguntaba una y otra vez si debía o no hacerse cargo del familiar, incluso acogiéndole en su propia casa. Pidió ayuda a Pepe. De entre las nubes apareció un claro por el que se coló un rayo de sol. Lo interpretó como la respuesta del más allá. Casualidad o no la escena me parece hermosa.

Al colgar pensé lo estupendo que sería que mi madre me enviara una señal de que está bien. Imaginé encerder la radio y que sonara mi canción preferida.

Puse los limpias en marcha a pesar de no llover. Valerie respondió.

Luna de julio

He terminado la primera temporada de Cuéntame. Desde que me comprometí a revivir (en el plazo de un año) prácticamente mi vida junto a la familia Alcántara, han sucedido muchas cosas. La ficción se ha entremezclado con la existencia confundiendo guión y vida. 

Empezaban los personajes sus peripecias con la compra del primer televisor en blanco y negro. Del mío recuerdo botones plateados en forma de cilindro para la voz, brillo y constraste; eran rectangulares los del encendido, la 1 y el UFH.  La segunda, en color, era una Vanguard con mueble de madera y cajetín oculto tras tapa desde el que sintonizar los dos canales con ayuda de un palito.

Treinta y dos capítulos después, la temporada termina siendo 23 de julio de 1969 (verano). En esa fecha mis padres llevaban casados cinco días. Al comienzo de la luna de miel, seguro que ambos miraron al cielo estrellado intentando ver al Apolo XI, susurrándose el hoy enamorados de futuro.

Gracias. Capítulo final

En una ventana del tanatorio, frente a la capilla que comparte pared con la sala de duelo número cuatro, hay una frase tipografiada sobre el cristal: “Más vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón“. El autor no podía ser otro que el sabio hidalgo de las letras españolas, Miguel de Cervantes.

Entender la pena no es sencillo. Durante los dos últimos días he visto tantas lágrimas brotadas del sentimiento que no me ha hecho falta llorar. Me marcho feliz, me he sentido superada por las cientos de manifestaciones de cariño acompañadas de abrazos y palabras de consuelo. Habéis acudido o enviado recado en auxilio de los míos como caballeros andantes, plantando batalla al poderoso molino de viento encalado con tristeza. Don Quijote perdió; vosotros, heroicos semblantes de triste figura, habéis ganado. 

En mi nombre y el de mi familia, gracias a quienes habéis empatizado con nosotros de mil formas posibles. Gracias por vuestro interés, buenas maneras, llamadas, comentarios  y saber estar. Gracias por tomaros la molestia de llevaros un pedacito de pena. Me he sentido abrigada, protegida, mecida y querida.

Gracias desde el alma.

Firmado: una madre

Voluntades

Escribir me hace bien, es una válvula de escape. A ti, que estás leyendo esto, te pido un favor: no comentes nada, sólo lee; hoy no soportaría otro goteo de realidad. 

Mi madre está en casa, duerme opiáceamente. Ni el ruido de la máquina de oxígeno estorba. Los riñones se han parado. Llegados a este punto han acudido al domicilio los médicos de cuidados paliativos. Maldita la hora en que me he cruzado con ellos en el portal. Nos han pedido tomar una decisión: morir en el hospital o en casa. Yo hubiera elegido susto, así de cobarde soy. Ha prevalecido su voluntad . La están preparando según protocolo.

Siempre hago algo, nunca me quedo parado. Analizo los problemas por activa y por pasiva; desmenuzo, recompongo y soluciono. Ahora no puedo hacer nada salvo contemplar, asumir y aceptar. 

Hace seis meses buscaba cómo parar el tiempo. No lo he logrado. 

Galletas con domingo

Nuevo ingreso de mi madre en el hospital por culpa de una crisis respiratoria. No volvemos a empezar, es una carrera tramposa, la salida está cada vez más cerca del final. Previsiblemente saldrá mañana, en cuanto la saturación de oxígeno se normalice. 

Primera vez que estoy en la sala de observación. Es un espacio amplio, cuadrado, como la nave Enterprise dirigida desde el control de enfermería rodeado de box y monitores enchufados a pacientes. Está entre la incomodidad de urgencias y el acomodo de la planta. La distribución permite entrar en velocidad máxima,sin demora, a la orden del oficial.

De merendar han servido descafeinado con galletas. Debería haber apuntado la marca porque se deshacían al mojarlas. Me ha costado llegar de la taza a la boca de mi madre. Todas lo hacen en leche fría, no así en caliente; la probabilidad de que se ablanden untadas con mantequilla son mínimas, sobre todo como más me gustan: poniendo un pegote en el centro y apretando con otra. 

Mataría porque el capitán Picart apareciera ofreciéndome una taza de Earl grey. No sucederá, es domingo.