Día 29: Oporto (final)

La mejor forma de conocer un lugar es perderse sin preocupación en sus calles, igual que hacerlo con una persona. Una primera cita, la típica conversación y sucesivos encuentros que culminan en algo irresistible perdiendo la razón y encontrándola en el otro. Esa es la esencia que hay que lograr en cualquier sitio tras las visitas típicas y guiadas. Hay que perderse y encontrarse en sus gentes, tradiciones e historia.

Oporto es una mujer de ojos azules que pasea por Rua Santa Catalina mirando escaparates. No compra, es austera. Llega a Fábrica da Nata y degusta un pastel en una de las mesas altas situadas frente a los baños. Mastica poco a poco, saboreando el instante. Un músico callejero, al que ha oído minutos antes, gasta gran parte de la recaudación en una copa de coñac. Puede que la tarde le haya ido bien, pero siente pena. Sabe que un capricho salva vidas antes de convertirse en arrepentimiento, pero siente pena mientras acaba su pastel.

En Placa Liberdade entra en el Imperial McDonald’s, el más bonito y lujoso del mundo. Mira las lámparas y recuerda las reuniones con su amado en el Imperial Café de los años treinta. Descansa en una de las sillas, atada a la acera, en Placa dos Aliados, justo enfrente del ayuntamiento. Las palomas se acercan a jugar con ella. Todas la conocen. Cansada, emprende el camino hacia el río Douro. Oporto se tinta de un atardecer ocre, no le queda mucho tiempo. Bajo el puente Don Luis I, se sumerge y desaparece, finalizando su eterno paseo.

Me enamoré de esa mujer, que es lo mismo que decir me enamoré de Oporto. Conocer un lugar es dejarse llevar, como hacerlo con una persona.

Día 28: Oporto II

Anduve treinta minutos hasta el hostel. Podía haber seguido en el metro, haciendo transbordo hasta Marqués, pero siendo el objetivo del viaje conocer la ciudad, lo hice en Trindade. Oporto, de primeras, no me gustó nada. Hay coches por todas partes, la gente habla alto, los camioneros fuman mientras conducen y, por encima de todo, los graznidos, gritos y chillidos de las gaviotas. Al ser tan protectoras y celosas de su territorio, lo defienden así, expresando ruidos y lamentos

Cuando viajo solo, prefiero alojarme en un hostel. Me pasa desde que hice El Camino De Santiago y me hospedaba en albergues. Conocí a mucha gente así y sigo conociendo ahora. El hostel está situado en la Rua da Alegría. Me llamó la atención el nombre de la calle. He buscado por curiosidad en el callejero de Madrid sí existe una calle similar y, perplejidad, está cerca de la parada de metro Oporto. ¡¡Disfruto con estas casualidades!!

Dormí en una habitación compartida de ocho personas. Éramos, a parte de mi, dos chilenas, un ecuatoriano, dos chavales a los que nunca entendí y un hombre, portugués, que tenía más registros de ronquidos que chillidos las gaviotas. El pobre ecuatoriano, durmiendo en la litera de arriba, agradeció los tapones para los oídos que le di la segunda noche.

Del hostel Alegría, guardaré buenos recuerdos; ese encanto que sólo las escaleras de madera crujiente confiere a un lugar.

Día 27: Oporto I

Río Duero.

Lo primero que sentí al llegar a Oporto fue ruido, mucho ruido, demasiado ruido provocado por coches, autobuses, motos y sirenas. He echado en falta zonas peatonales, por no hablar de todas las obras que se están acometiendo a lo largo y ancho de la ciudad. He de decir que dejé Madrid poco predispuesto al optimismo, disminuido por un despegue horrible lleno de altibajos y oídos taponados.

No es cómo empieza sino cómo acaba. Afortunadamente, todo cambió. Nada más aterrizar, me sorprendió que me regalaran un plano turístico de la ciudad. En otros viajes he tenido que pagarlo o buscar una oficina de información para conseguirlo gratis. El acceso del aeropuerto al metro es fácil y barato, bajar dos plantas en el ascensor y acceder a él. Aquí, me llevé la segunda sorpresa: un operario de Prosegur nos ayudaba a los turistas a sacar el billete e indicaba por dónde teníamos que acceder a las vías. ¡Toma ya! lisboetas, aprended de vuestros vecinos. Me han hablado de vuestra rivalidad y, en este momento, los locales ganaban por goleada.

Se redujo la ventaja a los pocos minutos. Oporto, en cuestión de abono con tarjeta, se parece a la España de los sesenta. Ya no hablo de los pequeños restaurantes, nooo; ni las modernas máquinas expendedoras de billetes tienen la posibilidad de pago electrónico.

Continuará…

Metro por superficie.

Día 26: Ghost

Praga

He estado viendo Ghost. La echan por televisión muchas veces, siempre me engancho cuando la encuentro. Hoy, por primera vez, he sentido verdadera lástima. Nunca me había parado a pensar lo doloroso que es querer y no poder demostrarlo, que nadie pueda verte ni tocarte porque eres un fantasma.

De pequeño, todas las películas de este género que se hacían, mostraban al espíritu como un ‘lo que fuese’ con suerte: podía colarse en todos los sitios sin pagar, ver a las chicas desnudas sin que se dieran cuenta y acojonar al enemigo moviendo objetos sin explicación alguna. Era tentador convertirse en uno de ellos. Ahora lo percibo de manera diferente, como algo atormentado, solitario, olvidado, ocultado o apartado.

Pobre Patrick Swayze, ya es jodido lidiar con los fantasmas propios, como para que encima termines siendo uno de ellos para otro. A un lado La Luz, al otro un ser querido. Difícil elección llegado el momento.

Día 25: optimista por naturaleza

Nunca me habían dicho que tengo la voz impostada. Los años narrando capítulos de la Historia delante del micro, han dejado un poso en mi forma de hablar. No es ni bueno ni malo, un toque personal con el que hago épica la situación más cotidiana y absurda.

Los dos días de grabación en el estudio han sido increíbles para mí, y un ejercicio de paciencia infinita de técnicos, compañeros y productores. ¡Yo y mi manía de terminar el punto y final arriba, en vez de sentenciar el párrafo abajo!

No era consciente de la crispante entonación hasta que lo hice ante actores. Me corrigieron nada más empezar el primer ensayo.

Los puntos abajo -recalcaban – Aprovecha la pausa para leer y entonar el siguiente párrafo.

Lo intentaba una y otra vez, hasta que terminaba apareciendo mi optimismo vocal. El consejo de marcar el guión con flechas hacia abajo en cada punto, acompañado de una leve inclinación de cabeza al llegar, funcionó. La historia que hemos grabado, escrita y dirigida por Darío Márquez, es muy triste. No había párrafos alegres, el tono melancólico era necesario. Aprendí mucho.

En cierto modo, me pasa lo mismo en mi día a día. Prolongo el final, sosteniendo el optimismo más allá de lo que exige el guión de los acontecimientos. Temo poder incomodar a quienes me rodean con un exceso de ilusión incontrolado. Cuando me ‘sobreilusiono’, pongo flechas hacia abajo en mi vida, inclino ligeramente la cabeza y leo el siguiente capítulo con optimismo controlado. La técnica dura poco, creo en la posibilidad de que las flechas giren hacia arriba en un guión más optimista y se me olvida lo aprendido.

No puedo evitarlo…

Día 24: prohibido jugar

Mi amigo es venezolano. Llegó a España hace cuatro años, buscando una estabilidad inexistente en su país. Lo hizo acompañado de su esposa. Hace unos meses, ella se fue a Miami para visitar a sus padres. No volvió, pidió el divorcio y sigue en los Estados Unidos. Cuando se marchó, Rubén acababa de traer aquí a su madre, tinerfeña, viuda y residente en Venezuela desde siempre.

Mi amigo tiene que dejar el trabajo, su proyecto de vida, la casa alquilada y vender lo poco que ha logrado conseguir porque, con su sueldo, no puede seguir viviendo aquí. Me comenta lo ilusionada que estaba su mamá habiendo regresado a España después de toda una vida. Mi amigo lleva meses resistiendo lo que puede, sufragando gastos con el dinero ahorrado, buscando una solución que retrasara lo inevitable: irse a Estados Unidos, llevándose a su madre, en busca de otro comienzo. Ella, con el aplomo y determinación propias de una madre hacia su hijo, le ha dicho que irá donde tenga que ir mientras sea a su lado y le vea feliz.

Nadie debería poder jugar con la vida de otro.

P.D.: Y yo el primero.

Día 22: instantes

Anochecer vuelo Viena-Madrid

Hay que rendirse a la grandeza del instante, actuar como una cámara fotográfica aumentando el tiempo de exposición, para luego cerrar los ojos e inmortalizarlo en el recuerdo.

Mientras el sol desaparecía de mi día, con la cabina de pasajeros iluminada tenuemente, una pareja se encontraba y abrazaba en mitad del pasillo. No pudieron sentarse juntos y tres horas separados eran demasiadas. Ella tocó los botones del polo del chico hasta que apoyó la mano abierta sobre su pecho. Él, mucho más alto, buscó el pelo de ella con la mejilla. La escena duró minutos. Cruzaron varias veces sus miradas, sonrieron y volvieron a dar muestras de pasión ájenos a la intromisión de extraños. No hubo beso, el cándido contacto entre ambos fue más que suficiente. Creo que en el mismo instante en que salta la chispa, nace un lengua comprensible únicamente por dos.

Yo miraba de izquierda a derecha, de la puesta de sol al pasillo, entendiendo por un lado la grandeza de lo eterno, y por el otro la irrefrenable necesidad del instante.

Día 21: imaginar

En la puerta de embarque, al pasar Yune el billete electrónico por el escáner, y mostrar su pasaporte, el operario de la aerolínea le preguntó muy serio de qué parte de La Habana era. Ella, sorprendida por la inesperada pregunta, propició un tenso silencio en el que sólo hubo tiempo para imaginar. Viajando a un país de Europa del este, pensé yo en una alarma internacional de busca y captura, activada en la pantalla del ordenador, de la peligrosa espía que me acompañaba. Adiós a mi escapada de fin de semana, no tardarían en detenernos, e incluso, quién sabe, pasar a disposición judicial esa misma tarde.

Todo cuadraba, era la explicación perfecta. Al no hacer mucho que nos conocemos, una profesión tan poco convencional sería la que no se proclamaría a los cuatro vientos. Seguía sin responder, mis manos se juntaban delante a la espera de ser esposadas. ¡No era tan difícil responder! Cuando salgo fuera de Madrid, me preguntan muchas veces de qué parte de La Comunidad soy. Con mi memoria de pez, ¿cómo le explicaría al juez que apenas sabía nada de ella pero viajamos juntos? ¿Me creería si le dijese que es todo muy loco?

La explicación fue más sencilla: eran paisanos, diría que casi vecinos, porque no hay nada más complicado que enterarse de todo en una conversación entre dos cubanos.

Escribo mientras vuelo. La compañía no nos ha sentado juntos. Doce filas más atrás de la agente doble, con los oídos taponados, desciendo en una nube.

Día 20:

Esta noche he vuelto a escuchar a Norah Jones. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Es una artista desconocida que aparece y desaparece a voluntad, raramente suena en las radios generalistas. Norah no está en ninguna de mis listas de música, sería romper la magia. Al comenzar los primeros acordes, he recordado la primera vez que los oí. Era una noche de verano, Manuel Ángel me recogió con su Renault 12. Acababa de sacarse el carné de conducir, llevaba puesta la L.

Me llegan pinceladas claras del momento: el pobre marcador iluminado en verde, las ventanillas manuales bajadas, olor a ambientador de pino, una gamuza y Nora Jones diciéndome a través de la Pionner, “Amanece…y si estoy en lo correcto este es el camino que me llevará de regreso a ti.”

Fue un momento especial, un cúmulo de sensaciones próximo a la felicidad. Lo que me pasa con esta canción es parecido a la trama de la película Sólo tú, en la que una joven persigue a ciegas a un desconocido, llamado Damon Bradley, porque salió el nombre durante una manipulada ouija en la adolescencia.

Desde aquella ochentera oscuridad, cuando suena Sunrise, paro, dejo de hacer, miro a mi alrededor y busco. Es inexplicable, sé que es una señal acompañando a algo que rara vez detecto.

Día 19: salvados por unos champiñones

Cascada de Cercedilla 😂.

De vez el cuando, El Portaminas de Maca sirve, a parte de desahogo, como vehículo de protesta. Ayer domingo, con un calor de mil demonios, qué mejor forma de combatirlo que planeando una salida de agua. Madrid, de momento, no tiene playa, pero cuenta con zonas bañadas por ríos y pantanos que los urbanitas nos encargamos de masificar y colapsar buscando el chapuzón.

Solemos ir a una zona (no la nombraré) del pantano de San Juan a la que tenemos un cariño especial. Acudir a lo bueno conocido es racionalmente la mejor opción, aunque se cae en un peligroso acomodo impropio de ‘culos inquietos’. La alternativa fue la piscina natural de Cercedilla, de la que todas las entradas en blogs y Reels hablan maravillosamente, pero ninguna pone en aviso al visitante del caos logístico y organizativo.

Llegar a Cercedilla es fácil, un trayecto de una hora desde el centro de la capital. El pueblo es bonito, aunque plagado de terrazas que distorsionan la oferta cultural. Es zona de paso de peregrinos, ver las conchas y flechas amarillas, características del Camino De Santiago, me hizo recordar mi peregrinación de hace un año. Entramos a un bar, la tapa de paella riquísima. Por suerte, siempre hay cerca un devorador de pimientos. Allí nos dijeron que el aforo de la piscina, unos cuatro kilómetros más arriba, estaría completo. Decidimos sacrificar el baño de la mañana y probar a subir por la tarde, cuando muchos se van a casa. Comimos en El Chivo Loco, un lugar situado en la confluencia de tres calles por la que pareció correr algo de aire. El servicio es rápido y atento. Preguntando al camarero si los champiñones eran ‘de verdad’, ni corto ni perezoso, apareció con un platito para mostrárnoslos y dejar claro que en el restaurante huyen de los enlatados.

Momento de la verdad. Aparcar en la piscina Las Berceas y alrededores es un suplicio. Llevar un todoterreno ayuda. Vimos a unas mujeres sujetando el parachoques con cinta americana, al haber estacionado en una cuneta prohibida a turismos bajos. Nosotros conseguimos dejarlo, en ángulo de 45 grados, bajo un árbol a un kilómetro de la entrada. No nos importa andar. De ver bajar a mucha gente con neveras y carritos, deducimos que el aforo, a esas horas de la tarde se estaba reduciendo, permitiéndonos entrar. El razonamiento era bueno, propio de la inteligencia de todos menos de los gestores municipales. La respuesta de la taquillera (muy amable) fue que las pulseras permiten entrar y salir, obviando que quienes salían cargados a las seis de la tarde lo hacían para no volver. No es difícil montar un sistema más rentable para las arcas municipales y beneficioso para el usuario, con una mínima inversión. Estoy totalmente de acuerdo con el aforo máximo permitido, ojalá lo pusieran en más sitios convertidos en verdaderos estercoleros. Se pueden, mejor dicho, se deben optimizar los recursos en beneficio de todos preservando el entorno natural. Una última observación: hay supermercados en los que se sabe el turno de la pescadería, a través de una App básica, mientras se compran otros productos. No hace falta una concejalía de tecnología para implementar algo parecido. Es cierto que se pueden sacar las entradas por internet. Por desgracia, la previsión, en función del tiempo libre, es incompatible con infinidad de variables: trabajo, familia, transporte, personalidad, etc…

Como muchos otros, no pudimos pasar. Desandamos el camino, escalamos hasta el coche y nos topamos con la piscina municipal de Mirasierra. Una alternativa perfecta, limpia, con personal amabilísimo y barata para quienes sufrimos el desamparo y nefasta gestión del consistorio de Cercedilla. Hubo chapuzón, por supuesto…